El juego como impulso

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El ser humano comparte con los demás animales algunos primarios, como la sed, la sexualidad o el hambre. Estos impulsos le activan conductas para cubrir necesidades determinadas. El juego no es quizá un impulso primario compartido por todos los animales, pero si por unos cuantos. Es una acción necesaria para orientarse en el medio, explorarlo y conocerlo y así posteriormente poder moverse de forma segura en el entorno. El juego es innato, imprescindible y necesario para un sano desarrollo a nivel intrapersonal, cognitivo, psicológico, emocional y social. Mediante el juego ocurren muchos procesos adheridos a las diferentes etapas del desarrollo y es el modo infantil de vivir y asumir las vivencias.

Juego implica exploración, manipulación, conocimiento del medio, experimentar, socializarse y muchos más procesos vivenciales naturales. La manera más natural de desarrollar la motricidad gruesa es jugando a saltar y trepar, correr y esconderse, bailar y haciendo acrobacias, columpiarse y hacer el pino. Para entender las cosas del día a día y las diversas experiencias que vamos acumulando, es imprescindible el juego simbólico. Mediante él, el niño es capaz de comprender lo que pasa, se pone en el lugar de lo ocurrido y le ayuda a asimilar lo vivido. El juego fantástico y la invención de historias animadas da rienda suelta a la creatividad tan necesaria para la formación de una personalidad fuerte y segura de si misma.

Los cachorros mamíferos juegan a pelearse. Hace que se puedan medir en sus fuerzas, se relacionan con otros, desarrollan habilidades físicas y ensayan destrezas para poder defender su territorio de adultos. Y además les divierte.

Los niños juegan con todo y en todo momento, incluso cuando los adultos consideramos inapropiado jugar. Con ello no quieren fastidiar, es que no lo pueden evitar, es su código, “solo” saben jugar. Beben si tienen sed, comen si tienen hambre, duermen cuando tienen sueño, lloran si lo necesitan y juegan. Por eso lo considero un impulso comparable con las necesidades fisiológicas.

Cuando se reprime un impulso, el niño deja de escuchar sus necesidades. Si tiene la posibilidad de comer solo cuando lo necesita, el peso se autorregula y es probable que cubra sus necesidades de nutrientes. Cuando le obligamos a terminar el plato o a comer determinadas cosas a pesar de que no le apetece, va desaprendiendo la capacidad de escuchar su cuerpo y pedir por ejemplo vitamina C en invierno y vitamina B en verano. Lo mismo ocurre en el juego. Si tienen la posibilidad de dar rienda suelta a su imaginación y su impulso de juego, su desarrollo es sólido a todos los niveles.

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